Estoy frente a esta hoja en blanco, que se siente como mi cerebro ahora mismo, pero que, en el fondo, tiene demasiadas cosas por decir.
Tengo un cúmulo de lágrimas por salir y mucha decepción sobre la espalda. No sé por dónde empezar con todo esto.
Honestamente, odio haber dejado de escribir. Era muy buena en ello y lo amaba. Siento que ya no soy capaz de ser tan buena usando las palabras o guiando a las personas por medio de una historia corta en internet. Pero esto nunca se trató de que alguien me leyera; esto siempre ha sido una forma de drenar la depresión de mi cuerpo.
Estoy pasando por la crisis adulta por la que nunca creà que tendrÃa que pasar, porque siempre hice todo lo posible por blindarme de ella.
Desde el inicio de mi vida, todo a mi alrededor giró en torno al dinero. Muchas noches tuve que pasar sola porque mi mamá debÃa trabajar para pagarme el colegio, la ropa y la comida. Mi padre era una persona bastante dura; no compraba cualquier cosa porque le parecÃa que casi todo era un gasto innecesario.
Mis abuelos, por su parte, siempre derrochaban dinero. Me compraban las mejores cosas, me llevaban a los lugares a los que querÃa ir e incluso me dejaban invitar a alguien a esas salidas.
Con el pasar de los años, Venezuela se fue yendo a la mierda. Todo era escaso y el dinero dejó de servir para comprar comodidades; ahora solo alcanzaba para sobrevivir. Ahà se construyó ese chip en mi cabeza: "el dinero es finito", "el dinero se va", "nunca hay suficiente", "no sabemos si mañana vamos a necesitar más", "no podemos porque no tenemos cómo".
Cuando empecé mi vida laboral, me acostumbré a guardar todo lo que podÃa. Me planteé muchas metas y, poco a poco, las fui alcanzando. Ya vivÃa bien, compraba cosas que me hacÃan feliz y lograba ahorrar. Pero siempre tuve un sueño que heredé de mi mamá: tengo que tener una casa o no voy a tener dónde caerme muerta.
Me he sentido insuficiente durante todo este tiempo. Me esfuerzo con lo poco o mucho que gano, pero cada año la brecha entre mis ahorros y el valor de los apartamentos aumenta en lugar de disminuir, incluso cuando logro ahorrar casi el doble que el año anterior.
¿Qué pasa? ¿Por qué no puedo? ¿Qué estoy haciendo mal?
Lloré muchas veces porque me desesperaba permanecer en el lugar donde vivo. Mis abuelos partieron y todo se apretó mucho más: menos dinero, más gastos, ayudar a mis padres y un salario que solo aumentó un 4 %.
Mi celular tiene dañadas las teclas del volumen, la baterÃa casi no dura y ya no tiene almacenamiento. Mi cama está a un resorte de matarme. Mi laptop dejó de funcionar. Mi cuerpo ya no soporta el sedentarismo.
Como si nada de eso fuera poco, decidà endeudarme. Saqué mil cuentas y concluà que era posible, pero bajo tres condiciones: que mi salario aumente un 20 % el próximo año, que mis gastos se mantengan únicamente en lo básico (no hay espacio ni para una salchipapa) y que pueda invertir todo el dinero posible para generar la mayor rentabilidad que pueda.
No sé si tomé la decisión correcta. Es muy probable que el próximo año mi salario no aumente enseguida, que mis gastos sigan por encima de lo estimado y que mis inversiones no den lo suficiente. Volvà a sentirme pobre, pero ahora con el estatus de una persona de clase media.
Ahora mismo no puedo hacer amigos porque no tengo dinero para hacer planes. No puedo distraer mi mente con algo que no sea una pantalla. No puedo pensar en reemplazar las cosas que ya están dañadas y no me puede pasar nada extraordinario.
Siento que tampoco puedo disfrutar de mi pareja ni de mi familia. Solo puedo permanecer acostada, llena de cortisol, viendo cómo los números bajan.
Han pasado cuatro meses y esta es mi segunda crisis.
Espero que, dentro de unos años, todo esto haya valido la pena.
Suscribe, Roxana... "Hay decisiones que no se sienten como un logro cuando las tomas; se sienten como sobrevivir. Solo el tiempo decide en cuál de las dos categorÃas terminan."

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